Autor: Víctor Orozco
Enviado por: Víctor Orozco
19 de abril de 2010
Este domingo se inician las campañas políticas en el estado de Chihuahua. Se renovarán la gubernatura, el congreso local y los sesenta y siete cabildos municipales. El contexto social en el cual se desarrollarán las actividades electorales no podía exhibir peores signos: violencia delictiva exacerbada, muertes que se cuentan por millares, clausura de negocios, desempleo, emigraciones masivas y en el ámbito subjetivo, el temor y la zozobra montados en las conciencias de todos. Es seguro que nadie recuerda una época más aciaga, pues habría que remontarse quizá a los años de 1917 y 1918 para encontrarla.
Los mexicanos y en especial los habitantes de Chihuahua, hemos perdido muchas cosas en estos años, conjunto que podríamos condensar en una tríada: paz, trabajo y libertades. La primera se nos esfumó junto con la impunidad generalizada, que ha permitido la proliferación de toda clase de delitos, desde homicidios atroces, secuestros, hasta robos y saqueos de casas-habitación. Los cuerpos armados –policías y ejército- del Estado, han sido superados o paralizados por el crimen, dejando a la sociedad en el desamparo. El colmo se reveló en el video sobre la matanza en Creel, puesto ante los ojos de millones de televidente e internautas en todo el mundo, que supimos cómo policías y militares contemplaban la dilatada acción de los sicarios sin mover un dedo. La tranquilidad que permite existir, amar, trabajar, divertirse, moverse, es en nuestros días a la vez una nostalgia y una aspiración.
Las ocupaciones productivas, sea en términos directamente económicos o referidas a inversiones de largo plazo como las educativas, se han reducido al mínimo. La semana pasada se informaba por El Diario que sesenta mil jóvenes en Ciudad Juárez son “ninis”, esto es, ni estudian ni trabajan. El dato es pasmoso y abrumador, porque está hablando de la cuarta parte de la fuerza de trabajo industrial en la urbe y desde otra perspectiva, de la porción más sensible y esperanzadora de la sociedad. Obviamente, los números no son exclusivos de la ciudad fronteriza sino que expresan un fenómeno nacional.
Somos ahora muchos menos libres. Porque no podemos caminar por las calles y las plazas, porque no podemos transitar sin miedo por las carreteras para visitar a los parientes y amigos, para estudiar o para hacer negocios. Puede ser que en el camino seamos víctimas de un atraco o un crimen, que quizá venga de alguna banda de delincuentes, o peor aún, de los uniformados, convertidos ellos mismos en malhechores. No se trata de la afectación exclusiva del derecho de tránsito, sino que al parejo se arrastra al resto. Se está produciendo así un naufragio de las libertades elementales, cuya posibilidad de ejercicio práctico se esfuma en medio de esta catástrofe social, por más que los derechos formales se amplíen y perfeccionen en las leyes, esto es, en el puro papel.
Puede afirmarse, sin ningún afán magnificador, que el país ha entrado en una fase de descomposición social de la cual tardará décadas en salir, si antes no atajamos la enfermedad. ¿Vale la pena negarla o maquillarla, como quiere hacerlo el presidente de la República?. ¿Ganamos algo si nos dedicamos a exaltar las bondades de nuestra patria –que las tiene- y cerramos los ojos ante la tragedia?. ¿Es esto último lo que nos pide Felipe Calderón a los mexicanos cuando nos demanda tramposamente que no hablemos mal de México?. Cierto es que ya se escucha a muchos influidos por la desesperación, quienes insisten en una vieja cantinela: “este país no tiene remedio”. Pero la gigantesca mayoría no renuncia al futuro, no reniega del país. Sabe o intuye cuán grande es la fortaleza de nuestra historia y de nuestras reservas morales. Sus críticas, se enderezan a quienes conducen los asuntos públicos, responsables por ello de una buena parte de las calamidades.
En estas condiciones se llevarán a cabo las elecciones en varias entidades federativas, el anticipo de los comicios generales del 2012. El grueso de los políticos contendientes está muy lejos de actuar en consonancia con la situación de crisis. Pocos se han dado cuenta que la nación requiere de una gran propuesta de medidas radicales. De hecho, cualquier proyecto o programa político que no se proponga un cambio drástico en la composición de las fuerzas que hoy ocupan los sitiales del poder económico y político, nada puede ofrecer, sino la prolongación de las tribulaciones y los más pesimistas dirían de la agonía. Poco importa que los nuevos gobernantes ostenten las señas tricolores, azules o amarillas, si se encuentran atrapados o sitiados por los grupos criminales o bien, enzarzados en una disputa infecunda por los jirones del poder político que restan. Ya sabemos como serán las campañas: batallas campales en el lodo, donde nadie asume responsabilidades y todos se echan la culpa.
En varias entidades se han concertado “alianzas” partidarias, que se ofrecen más bien como enredijos en donde los único que importa es cómo evitar salirse de la ubre presupuestal o cómo prenderse a cualquiera de sus tetas. En el estado de Chihuahua afortunadamente el PRD decidió abstenerse de apoyar a los candidatos del PRI o del PAN. Quedó cómo el único instrumento electoral para alzar un programa popular. Hay que agradecer finalmente a los dueños-gerentes de los otros partidos menores su adhesión al PRI, porque el hecho ayuda a evitar un mayor número de confusiones.
Con Luis Adolfo Orozco como candidato a la gubernatura el PRD puede ofrecer al electorado una propuesta desmarcada de la grosera disputa por los puestos públicos. Venido de la izquierda, honesto militante fogueado en sindicatos y en el propio partido, este candidato tiene la posibilidad de contribuir a rescatar la dignidad de la política. Lo hará, si escucha a los electores, obra con fidelidad a los intereses colectivos y ayuda a poner en la agenda del debate las reales condiciones de existencia en que se debate la sociedad, reclamante de paz, de trabajo y de libertades.


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