Por Víctor Orozco
Es debido a la pura casualidad, pero Julio ha sido fecundo en revoluciones, de allí que sea un buen mes para reflexionar sobre el tema. El día 4 se celebra el aniversario de la norteamericana, el 14 de la francesa y el 26 de la cubana. Son las tres triunfantes y en las cuales los Estados derivados de ellas permanecen. Todavía, quedan en la historia de Francia la identificada con los tres días gloriosos (los finales del mes) de 1830, durante los cuales los parisinos insurrectos derrocaron al último de los monarcas borbones. Y en la de España, siguió al alzamiento militar-clerical del día 18 en 1936, la respuesta de una insurrección popular que devino en revolución. Finalmente el día 8, de 1979, los sandinistas derrocaron la dictadura de Somoza en Nicaragua.
Durante milenios, el tópico de la revolución ha estado presente en las reflexiones de aquellos que se han ocupado de las cosas humanas. Aristóteles, Tomás de Aquino, Maquiavelo, Hobbes, Rousseau, Hegel, Toqueville, Marx, Weber, en fin, todos los autores clásicos discurrieron largamente sobre el tema. Y lo hicieron porque la realidad les ofrecía abundante material sobre los conflictos siempre presentes en todas las sociedades. Inquirían sobre la naturaleza de la revolución, la cuestión del poder político, la lucha por la libertad, la igualdad o la justicia, los cambios en las condiciones de los oprimidos, las modificaciones en los sistemas de producción y distribución, la justificación de la revolución en el derecho a la desobediencia civil, a la resistencia contra la tiranía, a la secesión, a la rebelión colonial contra los imperios.
Asumiendo una variedad de enfoques, intereses y razones, cada uno de los escritores explicaron las revoluciones y las dieron por un hecho inseparable de las relaciones humanas. Carlos Marx fue el primero que puso a la lucha de clases como fuente primordial de las revoluciones, pero lo hizo labrando sobre una cantera largamente explotada en el curso de los milenios que precedieron a sus conclusiones. Ya Sócrates, cuatro siglos antes de nuestra era, argüía que "Cualquier ciudad, por pequeña que sea, está de hecho dividida en dos, una ciudad de los pobres y otra de los ricos, en guerra una contra la otra".
Ahora bien, ¿Ha cesado esta lucha de clases?. O, ¿Están ya los oprimidos dispuestos a consentir la expoliación de su trabajo hasta el fin de los tiempos?. ¿Se ha convertido el capitalismo, finalmente, en un orden “natural”?. Desde luego, muchos piensan así, a la manera del Medioevo, cuando se consideraba casi unánimemente al régimen estamental como dispuesto por Dios.
Habríamos llegado según estas versiones “al fin de la Historia” y el tema de la revolución o de las revoluciones parecería una antigualla, salvo para satisfacer nuestra curiosidad histórica y saber por ejemplo, quienes estuvieron en la Toma de la Bastilla, las peripecias de Washington y sus voluntarios cruzando los ríos en medio de la borrasca, las de Fidel Castro y los suyos desembarcando del Granma o los pormenores de la toma de Ciudad Juárez..
Pero, fuera de la narración histórica, ninguna otra disciplina se ocuparía de las revoluciones como un objeto de estudio, porque sería una pérdida de tiempo analizar estos movimientos estructurales, simplemente porque ya no se producen, al menos en el ámbito de las colectividades humanas. Para quienes esto suponen, sólo en los campos que estudian la física, la biología, la química, la cibernética y en general las llamadas ciencias duras, continuarán suscitándose revoluciones. Así que, las generaciones del futuro podrán hablar de la tercera o de la cuarta revolución tecnológica pero el mismo concepto de revolución social les será totalmente extraño. Si acaso, habrá aquí y allá alguna involución hacia un régimen teocrático-feudal en las regiones islámicas, pero sería una anomalía en el conjunto que tarde o temprano desaparecería o sería extirpada, como una fea verruga en la piel tersa. Igual sucedería con cualquier gobierno latinoamericano o africano que buscara salirse del redil tendido por las grandes empresas y el poderío militar de Estados Unidos sobre todo.
Los que así piensan están muy preparados para el “Reich de los mil años” como soñaban los hitlerianos.
Sin embargo, a pesar de los satisfechos mandarines que han cancelado teóricamente la vía revolucionaria en los procesos históricos contemporáneos, cada uno de los grandes temas que han sido objeto de cavilaciones a lo largo de las centurias, sigue correspondiendo a realidades tangibles. Están presentes la explotación en sus diversas variantes, los imperios, las tiranías, las injusticias, las desigualdades y las discriminaciones. Todos los veneros de donde brotan las inconformidades y las rebeliones. Se han agregado otras grandes causas como la defensa del medio ambiente cuyo deterioro y aniquilación acelerados están llevando a un colapso mundial en el mediano plazo…a menos que una genuina revolución detenga a los rapaces capitalistas y burócratas que lo están provocando. Y que modifique la heredada mentalidad colectiva destructora de flora y fauna.
De seguro, las nuevas revoluciones, políticas, económicas y culturales, caminarán por sendas distintas e inéditas. Aprovecharán la experiencia para no parir los engendros que surgieron de anteriores intentos como el de Octubre de 1917 en Rusia, propiciadores del retorno al reinado de los barones capitalistas en sus peores versiones de corrupción y abusos de poder. Apoyadas en una red de organismos civiles que sustentarán los cambios, quizá podrán evitar la usurpación protagonizada por pequeñas camarillas adueñadas de los aparatos políticos, llámense partidos o gobiernos. Quizá también, si existe la manera de evitar la guerra y conseguir los propósitos emancipatorios por medios pacíficos, podrán ahorrarse las cuotas de sangre y prolongados sufrimientos que han soportado los pueblos con los enfrentamientos armados.
Pero lo que es seguro es que la historia no ha concluido y por tanto estos sacudimientos sociales seguirán siendo motores de los cambios, como lo fueron en sus respectivos países y aún fuera de ellos las revoluciones de Julio. Dicho en palabras de un revolucionario-conservador (si vale el concepto) como lo fue Tomás Jefferson, el redactor de la radical (en 1776) declaración de independencia norteamericana: “Considero que una rebelión ahora y entonces es una buena cosa y tan necesaria en el mundo político como las tormentas en el mundo físico”.
Durante milenios, el tópico de la revolución ha estado presente en las reflexiones de aquellos que se han ocupado de las cosas humanas. Aristóteles, Tomás de Aquino, Maquiavelo, Hobbes, Rousseau, Hegel, Toqueville, Marx, Weber, en fin, todos los autores clásicos discurrieron largamente sobre el tema. Y lo hicieron porque la realidad les ofrecía abundante material sobre los conflictos siempre presentes en todas las sociedades. Inquirían sobre la naturaleza de la revolución, la cuestión del poder político, la lucha por la libertad, la igualdad o la justicia, los cambios en las condiciones de los oprimidos, las modificaciones en los sistemas de producción y distribución, la justificación de la revolución en el derecho a la desobediencia civil, a la resistencia contra la tiranía, a la secesión, a la rebelión colonial contra los imperios.
Asumiendo una variedad de enfoques, intereses y razones, cada uno de los escritores explicaron las revoluciones y las dieron por un hecho inseparable de las relaciones humanas. Carlos Marx fue el primero que puso a la lucha de clases como fuente primordial de las revoluciones, pero lo hizo labrando sobre una cantera largamente explotada en el curso de los milenios que precedieron a sus conclusiones. Ya Sócrates, cuatro siglos antes de nuestra era, argüía que "Cualquier ciudad, por pequeña que sea, está de hecho dividida en dos, una ciudad de los pobres y otra de los ricos, en guerra una contra la otra".
Ahora bien, ¿Ha cesado esta lucha de clases?. O, ¿Están ya los oprimidos dispuestos a consentir la expoliación de su trabajo hasta el fin de los tiempos?. ¿Se ha convertido el capitalismo, finalmente, en un orden “natural”?. Desde luego, muchos piensan así, a la manera del Medioevo, cuando se consideraba casi unánimemente al régimen estamental como dispuesto por Dios.
Habríamos llegado según estas versiones “al fin de la Historia” y el tema de la revolución o de las revoluciones parecería una antigualla, salvo para satisfacer nuestra curiosidad histórica y saber por ejemplo, quienes estuvieron en la Toma de la Bastilla, las peripecias de Washington y sus voluntarios cruzando los ríos en medio de la borrasca, las de Fidel Castro y los suyos desembarcando del Granma o los pormenores de la toma de Ciudad Juárez..
Pero, fuera de la narración histórica, ninguna otra disciplina se ocuparía de las revoluciones como un objeto de estudio, porque sería una pérdida de tiempo analizar estos movimientos estructurales, simplemente porque ya no se producen, al menos en el ámbito de las colectividades humanas. Para quienes esto suponen, sólo en los campos que estudian la física, la biología, la química, la cibernética y en general las llamadas ciencias duras, continuarán suscitándose revoluciones. Así que, las generaciones del futuro podrán hablar de la tercera o de la cuarta revolución tecnológica pero el mismo concepto de revolución social les será totalmente extraño. Si acaso, habrá aquí y allá alguna involución hacia un régimen teocrático-feudal en las regiones islámicas, pero sería una anomalía en el conjunto que tarde o temprano desaparecería o sería extirpada, como una fea verruga en la piel tersa. Igual sucedería con cualquier gobierno latinoamericano o africano que buscara salirse del redil tendido por las grandes empresas y el poderío militar de Estados Unidos sobre todo.
Los que así piensan están muy preparados para el “Reich de los mil años” como soñaban los hitlerianos.
Sin embargo, a pesar de los satisfechos mandarines que han cancelado teóricamente la vía revolucionaria en los procesos históricos contemporáneos, cada uno de los grandes temas que han sido objeto de cavilaciones a lo largo de las centurias, sigue correspondiendo a realidades tangibles. Están presentes la explotación en sus diversas variantes, los imperios, las tiranías, las injusticias, las desigualdades y las discriminaciones. Todos los veneros de donde brotan las inconformidades y las rebeliones. Se han agregado otras grandes causas como la defensa del medio ambiente cuyo deterioro y aniquilación acelerados están llevando a un colapso mundial en el mediano plazo…a menos que una genuina revolución detenga a los rapaces capitalistas y burócratas que lo están provocando. Y que modifique la heredada mentalidad colectiva destructora de flora y fauna.
De seguro, las nuevas revoluciones, políticas, económicas y culturales, caminarán por sendas distintas e inéditas. Aprovecharán la experiencia para no parir los engendros que surgieron de anteriores intentos como el de Octubre de 1917 en Rusia, propiciadores del retorno al reinado de los barones capitalistas en sus peores versiones de corrupción y abusos de poder. Apoyadas en una red de organismos civiles que sustentarán los cambios, quizá podrán evitar la usurpación protagonizada por pequeñas camarillas adueñadas de los aparatos políticos, llámense partidos o gobiernos. Quizá también, si existe la manera de evitar la guerra y conseguir los propósitos emancipatorios por medios pacíficos, podrán ahorrarse las cuotas de sangre y prolongados sufrimientos que han soportado los pueblos con los enfrentamientos armados.
Pero lo que es seguro es que la historia no ha concluido y por tanto estos sacudimientos sociales seguirán siendo motores de los cambios, como lo fueron en sus respectivos países y aún fuera de ellos las revoluciones de Julio. Dicho en palabras de un revolucionario-conservador (si vale el concepto) como lo fue Tomás Jefferson, el redactor de la radical (en 1776) declaración de independencia norteamericana: “Considero que una rebelión ahora y entonces es una buena cosa y tan necesaria en el mundo político como las tormentas en el mundo físico”.
Enviado por el propio Víctor Orozco
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