.
Por Víctor OrozcoDesde el 26 de julio de 1953 en que se produjo el asalto al cuartel Moncada por el grupo de jóvenes que dirigía Fidel Castro, hasta el 1 de enero de 1959, cuando entraron las primeras tropas del ejército rebelde al mando de Camilo Cienfuegos y el Che Guevara a La Habana, pasaron cinco años, cinco meses y cinco días. Durante ese lustro se abrió paso por la historia de América Latina uno de los procesos revolucionarios más trascendentes desde la época de las independencias, hace dos siglos.
En Cuba, sus transiciones fueron siempre tardías en relación con el resto de las antiguas dependencias americanas. La época colonial duró cien años más y la esclavitud fue abolida hasta 1886. Todavía en 1867, cuando en México se restauraba la república, con el triunfo de Benito Juárez, desembarcó en Cuba el último cargamento de esclavos. En 1899 –curiosamente las tropas norteamericanas entraron a La Habana también el primero de enero- concluyó la guerra entre Estados Unidos y España, que se empalmó con la prolongada lucha por la independencia desplegada por los patriotas cubanos desde 1868. La flamante república nació con un grillete en cada pierna, representado en la famosa enmienda Platt, agregada como un apéndice a la constitución y que otorgaba el derecho de intervención a los Estados Unidos. A partir de allí, la isla fue a la vez una sucursal de mafias y capitales norteamericanos y un gigantesco prostíbulo donde prosperaban las peores ignominias.
Aún así, muchos de los impugnadores de la revolución argumentan que Cuba tenía entonces más televisores per cápita que cualquier país latinoamericano, pero se olvidan que el 40% de los habitantes vivían en casas que carecían de luz eléctrica. Así que televisores y teléfonos se concentraban en hoteles, cabarets, empresas azucareras y en las residencias de una opulenta élite formada por negociantes extranjeros y criollos cubanos. En esta guerra de estadísticas también se dice que la tasa de analfabetismo no era en Cuba del 40% antes de la revolución, como dice el gobierno, sino “solo” del 18%. El hecho es que la revolución convirtió al pueblo cubano en uno de los más alfabetizados del mundo, comparable en este campo únicamente con los europeos del Norte. También que este año Cuba alcanzó una de las más bajas tasas de mortalidad infantil en el orbe y que es de los poquísimos países en donde las superficies boscosas han crecido, en lugar de la pavorosa devastación forestal generalizada en casi todas partes. En esta carrera de comparaciones por cierto, quienes las hacen deberían recordar que Cuba es un país con superficie y población aproximadas a las de Guatemala, (108.889 km2 y 14.655.189 habitantes para ésta, 109 886 km2 y 11 237 154 habitantes para la isla) de donde habría que contrastar sus indicadores refiriéndose al rango de naciones en el que ubican las centroamericanas.
Las fechas convencionales –décadas, cincuentenarios, centenarios, etc.- son siempre justificantes para hacer balances, sobre todo cuando se trata de acontecimientos históricos de rupturas o parte aguas. Hacia 1850, por ejemplo, en todos los países latinoamericanos aparecieron estudios comparativos entre la situación que se vivía antes y después de la independencia. La mayoría concluía en que las cosas estaban mejor durante la colonia, porque había paz y reinaba el orden impuesto por la corona y por la iglesia. De allí que, los partidos conservadores, en menor o menor grado, abogaban por un retorno –de allí el término de reaccionarios- a los viejos tiempos. Algunos escritores liberales se esforzaban en demostrar con números que ese no era el caso, es decir, que la situación era mejor. Sin embargo, los argumentos poderosos de los partidarios del cambio y de las nuevas patrias, eran de otro corte: mostraban como las fuerzas vitales de las naciones, - las clases populares, los indios, los mestizos, los pequeños tenderos, comerciantes, gambusinos, campesinos, maestros, burócratas y militares de bajos niveles- sólo podían labrarse un destino construyendo un nuevo estado y una nueva sociedad, pues de otra manera, su vida transcurriría en un mundo ajeno, que les reservaba el papel de parias y vasallos. De manera similar, durante las primeras décadas del siglo XIX, se hacían llevaban a cabo cotejos parecidos en Francia, pero tampoco allí se podría disputar que el verdadero carácter de la nación francesa se forjó a partir de la revolución de 1789.
Es precisamente el gran logro de la revolución cubana: por primera vez en su historia, las fuerzas vitales de la sociedad, tomaban para sí la tarea de edificar un régimen y una colectividad a la medida de sus aspiraciones e intereses. No más humillaciones frente a los extranjeros, no más particiones raciales vejatorias, no más complejos de inferioridad. Puede discutirse si fue errónea o no la decisión de enviar tropas cubanas a pelear por la independencia de Angola, pero ello no empaña el orgullo de una pequeña nación que pudo llevar sus armas a otro continente, cuando su ejército anterior tenía la condición de guardia de seguridad de las compañías norteamericanas y de instrumento de represión contra disidentes. Pueden también rechazarse muchos otros actos del gobierno cubano, pero nadie puede quitar a este pueblo el honor de que la voz de sus representantes resuene en el mundo con similar efecto al que tiene la de los líderes de las grandes naciones armadas. Ello se debe al respeto universal ganado por la revolución.
Sin duda alguna, en Cuba existen hoy mismo enormes carencias materiales. Basta caminar por el centro de La Habana para darse cuenta de las ansias juveniles por los jeans, por los cds, por los reproductores de música y video, por los teléfonos celulares. De igual manera, se padece por un atroz déficit de vivienda, sobre todo en la capital. Escasean los alimentos. Es probable que la terminación del bloqueo norteamericano y de las leyes punitivas contra Cuba, aminoren en una gran medida estos problemas, como sucede con México, en donde las remesas del extranjero suplen las deficiencias en el empleo y ayudan a paliar la pobreza. Pero, en todo caso, la sociedad cubana tiene ahora una base de recursos humanos muy superior a sus hermanos de Latinoamérica para salir adelante. Lo hará sin duda alguna.
El régimen tendrá también que cambiar, institucionalizar el relevo político y garantizar el respeto a las libertades públicas, ahora seriamente restringidas. De no ser así, las gigantescas conquistas realizadas hasta hoy pueden perderse, arrastradas por un colapso similar al de la antigua Unión Soviética.
Enviado por el propio Víctor Orozco.