HILLARY CLINTON Y EL PRD
Por Víctor Orozco
Quien ha estado en algún acto político masivo sabe de la emoción irrefrenable que se apodera de la multitud cuando se alcanza el clímax por un discurso significativo y contundente. Esto sucedió en Denver el miércoles pasado durante los momentos en que Hillary Clinton, remarcando cada palabra, decía a los delegados demócratas: “…con la mirada puesta en el futuro, en un sólo propósito, en nuestro partido, en nuestro país, declino para que esta convención decida por aclamación la candidatura de Barak Obama a la presidencia de los Estados Unidos…” .
Este remate que dio a su participación en las justas internas del partido demócrata, quedará sin duda alguna como una de las jugadas maestras en el arte de la política. La senadora de Nueva York perdió la elección, pero lejos de convertirse en una heroína trágica como la calificó un periodista, emerge de la asamblea de Colorado con uno de los liderazgos políticos más poderosos de los Estados Unidos. En el senado norteamericano no habrá otro miembro con mayor representatividad que la abogada originaria de Illinois, quien siempre podrá poner por delante, en cualquier debate nacional, los diez y ocho millones de votos que respaldaron a la primera mujer en la historia que contendió para alcanzar la candidatura de uno de los dos grandes partidos estadounidenses. Y también, la sangre fría y la generosidad presentes en su gesto de pedir a los delegados de su partido que abandonaran el conteo y votaran por aclamación a Obama. Con este bagaje político, Hillary Clinton se mantendrá durante los próximos años como uno de los personajes con mayor autoridad y capacidad para influir en los asuntos internos y mundiales del imperio norteamericano.
Parto de la observación de estos hechos para reflexionar sobre los liderazgos políticos y sobre la destreza que deben tener quienes los encarnan para leer en las circunstancias concretas los intereses en juego así como el futuro de las sociedades y de sus propias organizaciones.
Clinton pudo caer en la frustración y retirarse a lamerse las heridas o encabezar una reyerta interna que dejaría en ruinas a su partido, lo que desembocaría en otros cuatro u ocho años de hegemonía de las derechas. O, en un perfil más bajo, podría haber escenificado un berrinche y ausentádose de la convención. Optó por un primer reconocimiento: aspiraciones e intereses personales están siempre por debajo de los generales, sobre todo cuando se forman filas en la defensa de una causa. Así que, obrando como una genuina dirigente con aspiraciones de estadista, no dudó en sacrificarlos en la hora decisiva. Enseguida, de seguro que realizó un certero cálculo político de largo plazo: su carrera, lejos de concluir, estaría recibiendo un impulso extraordinario al sumarse sin reservas a la campaña de quien la había derrotado en las elecciones primarias, aunque fuese por márgenes reducidos y aún dudando, como muchos, si ella no hubiese sido la mejor carta.
Todavía no se puede saber si Barak Obama se impondrá sobre Joe McCain el próximo noviembre, pero ciertamente, si pierde, no será por causa de una defección, un apoyo a regañadientes o una mala jugada de Hillary Clinton.
Me formulo tales consideraciones cuando pienso en la debacle del Partido de la Revolución Democrática a la que lo han llevado las rivalidades e interminables disputas internas. Si buscásemos en la historia de las organizaciones políticas un ejemplo de mayor incongruencia, falta de talento y mezquindad en la actuación de dirigentes y candidatos sería difícil encontrarlo. En medio de la riña – una calificación siempre menor que una contienda - por la dirección nacional, es un hecho que a nadie de los que estaban (o están) enzarzados en ella, se le ocurrió hacerse a un lado por unos momentos y meditar sobre el daño incalculable que estaban asestando a la organización, a sus propios proyectos políticos y aún a los intereses del país. Hasta hoy, han prevalecido sobre éstos los “interesitos” como les llamaba un amigo, de Jesús Ortega, de Alejandro Encinas y de todos los demás, quienes enredaron de tal forma la madeja que la convirtieron en una telaraña en la cual quedaron atrapados los órganos del partido, la capacidad de éste para movilizarse y desde luego sus potencialidades políticas, entre ellas las electorales. Aunque parezca increíble nunca se percataron –o si lo hicieron de nada les sirvió- que los más de catorce millones de mexicanos que votaron por las candidaturas del PRD, sobre todo la de López Obrador, en el 2006, muy poco o casi nada les importaba si tal o cual secta dirigía el partido al cual éstas han convertido en una agencia para repartir las migajas del presupuesto. Lo que sí les interesaba es que no se dejara tirada la causa de sus reivindicaciones: seguridad, educación, salud, techo, comida, democracia, con las que nació y ha justificado el PRD su existencia. Y, para desgracia del país, es esto lo que hizo justamente la principal de las organizaciones de la izquierda mexicana, al enfrascarse en una gresca vana que se ha reproducido desde el comité nacional hasta los municipales, degradándola ante los ojos de la ciudadanía.
Quizá también a sus dirigentes principales les faltó ese sentido de la historia que permite otear el horizonte más allá de la simple vista para entender lo efímero que resultan los proyectos personales si se les pone en la escala de los tiempos colectivos.
En cualquier caso, una privilegiada mujer de la burguesía norteamericana entendió mucho mejor su momento y su papel como para sentar ejemplo de astucia y de congruencia política. Es lo mismo que también hubiéramos querido advertir sus amigos y millones de compatriotas en Cuauhtémoc Cárdenas durante las campañas de 2006.
Este remate que dio a su participación en las justas internas del partido demócrata, quedará sin duda alguna como una de las jugadas maestras en el arte de la política. La senadora de Nueva York perdió la elección, pero lejos de convertirse en una heroína trágica como la calificó un periodista, emerge de la asamblea de Colorado con uno de los liderazgos políticos más poderosos de los Estados Unidos. En el senado norteamericano no habrá otro miembro con mayor representatividad que la abogada originaria de Illinois, quien siempre podrá poner por delante, en cualquier debate nacional, los diez y ocho millones de votos que respaldaron a la primera mujer en la historia que contendió para alcanzar la candidatura de uno de los dos grandes partidos estadounidenses. Y también, la sangre fría y la generosidad presentes en su gesto de pedir a los delegados de su partido que abandonaran el conteo y votaran por aclamación a Obama. Con este bagaje político, Hillary Clinton se mantendrá durante los próximos años como uno de los personajes con mayor autoridad y capacidad para influir en los asuntos internos y mundiales del imperio norteamericano.
Parto de la observación de estos hechos para reflexionar sobre los liderazgos políticos y sobre la destreza que deben tener quienes los encarnan para leer en las circunstancias concretas los intereses en juego así como el futuro de las sociedades y de sus propias organizaciones.
Clinton pudo caer en la frustración y retirarse a lamerse las heridas o encabezar una reyerta interna que dejaría en ruinas a su partido, lo que desembocaría en otros cuatro u ocho años de hegemonía de las derechas. O, en un perfil más bajo, podría haber escenificado un berrinche y ausentádose de la convención. Optó por un primer reconocimiento: aspiraciones e intereses personales están siempre por debajo de los generales, sobre todo cuando se forman filas en la defensa de una causa. Así que, obrando como una genuina dirigente con aspiraciones de estadista, no dudó en sacrificarlos en la hora decisiva. Enseguida, de seguro que realizó un certero cálculo político de largo plazo: su carrera, lejos de concluir, estaría recibiendo un impulso extraordinario al sumarse sin reservas a la campaña de quien la había derrotado en las elecciones primarias, aunque fuese por márgenes reducidos y aún dudando, como muchos, si ella no hubiese sido la mejor carta.
Todavía no se puede saber si Barak Obama se impondrá sobre Joe McCain el próximo noviembre, pero ciertamente, si pierde, no será por causa de una defección, un apoyo a regañadientes o una mala jugada de Hillary Clinton.
Me formulo tales consideraciones cuando pienso en la debacle del Partido de la Revolución Democrática a la que lo han llevado las rivalidades e interminables disputas internas. Si buscásemos en la historia de las organizaciones políticas un ejemplo de mayor incongruencia, falta de talento y mezquindad en la actuación de dirigentes y candidatos sería difícil encontrarlo. En medio de la riña – una calificación siempre menor que una contienda - por la dirección nacional, es un hecho que a nadie de los que estaban (o están) enzarzados en ella, se le ocurrió hacerse a un lado por unos momentos y meditar sobre el daño incalculable que estaban asestando a la organización, a sus propios proyectos políticos y aún a los intereses del país. Hasta hoy, han prevalecido sobre éstos los “interesitos” como les llamaba un amigo, de Jesús Ortega, de Alejandro Encinas y de todos los demás, quienes enredaron de tal forma la madeja que la convirtieron en una telaraña en la cual quedaron atrapados los órganos del partido, la capacidad de éste para movilizarse y desde luego sus potencialidades políticas, entre ellas las electorales. Aunque parezca increíble nunca se percataron –o si lo hicieron de nada les sirvió- que los más de catorce millones de mexicanos que votaron por las candidaturas del PRD, sobre todo la de López Obrador, en el 2006, muy poco o casi nada les importaba si tal o cual secta dirigía el partido al cual éstas han convertido en una agencia para repartir las migajas del presupuesto. Lo que sí les interesaba es que no se dejara tirada la causa de sus reivindicaciones: seguridad, educación, salud, techo, comida, democracia, con las que nació y ha justificado el PRD su existencia. Y, para desgracia del país, es esto lo que hizo justamente la principal de las organizaciones de la izquierda mexicana, al enfrascarse en una gresca vana que se ha reproducido desde el comité nacional hasta los municipales, degradándola ante los ojos de la ciudadanía.
Quizá también a sus dirigentes principales les faltó ese sentido de la historia que permite otear el horizonte más allá de la simple vista para entender lo efímero que resultan los proyectos personales si se les pone en la escala de los tiempos colectivos.
En cualquier caso, una privilegiada mujer de la burguesía norteamericana entendió mucho mejor su momento y su papel como para sentar ejemplo de astucia y de congruencia política. Es lo mismo que también hubiéramos querido advertir sus amigos y millones de compatriotas en Cuauhtémoc Cárdenas durante las campañas de 2006.
Pos data:
Gero Fong y Julián Contreras, organizadores del recién formado Frente contra la Represión, denuncian la persecución de que se les está haciendo víctimas en Ciudad Juárez por las policías federales y por el ejército. Sólo esta calamidad nos faltaba: que a la violencia desatada por la delincuencia, provocadora del terror entre la ciudadanía, se sume ahora el acoso oficial de disidentes y luchadores sociales, en una vulneración abierta de las garantías constitucionales.
Enviado por el propio Víctor Orozco




















