.Por Víctor OrozcoIn memoriam de Flor Alicia Gómez López, joven educadora en Tomóchi y de Jesús Alfredo Portillo Santos, estudiante de la UACJ, asesinados la pasada semana, en distintos puntos del adolorido estado de Chihuahua. Otras dos valiosas vidas, sacrificadas en esta pesadilla interminable…
Hace muchos años, en mi época de estudiante, -formal, pues en realidad nunca he abandonado tal condición- estuve en los Ranchos de Santiago, la tierra de los Ordóñez, donde un anciano me contó: “En este portón lloró Pascual Orozco cuando le dijeron quienes habían muerto en Cerro Prieto y en el Chopeque, yo lo vide”. Si la anécdota es cierta, ocurrió entre el 12 y el 13 de diciembre de 1910, pues la batalla de Cerro Prieto tuvo lugar el día 11. Vencedor sobre la novata caballería revolucionaria, el General Juan J. Navarro se ensañó con los derrotados y ordenó el fusilamiento sin formación de causa de los rebeldes tomados prisioneros cuando se les acabó el parque para seguir combatiendo. Todos recibieron en lugar del tiro de gracia un bayonetazo en el estómago. Fueron éstos campesinos los primeros revolucionarios norteños sacrificados en la lucha contra la dictadura. Sus nombres se recogieron en libros y artículos de prensa apenas se produjeron la toma de Ciudad Juárez y el triunfo maderista el 10 de mayo de 1911: Francisco Salido, José Antonio González, Alberto Orozco, Ramón Solís, Antonio Frías, Graciano Frías, José Caraveo, José Dozal, Emilio Valenzuela, Manuel Gándara, Joaquín González, José y Jesús Morales, Ascención Enríquez, Jesús Morales, Eduardo Hermosillo, Flavio Hermosillo, Felícitas Márquez, Ramón Estrada, Laureano Herrera, Hilario Díaz, Baudelio Peña, Ángel Pérez, José María y Tadeo Vázquez, Ignacio Valenzuela, José Aragón, Luz y Atanasio Rodríguez. La mayoría de ellos eran jóvenes de San Isidro que se habían alzado en armas el 19 de noviembre y otros de Bachíniva. Un caso insólito y casi único en los anales de las guerras, fue el de Camilo Valenzuela, alias El Resucitado, originario de Basúchil. Igual que los demás fue fusilado y acuchillado. Sin embargo, la bala le entró en sedal y le rodeó el cráneo, sin hacerle mayor daño e igual sucedió con la bayoneta que no le afectó ningún órgano vital, por lo que después del desmayo y con el frío de la madrugada despertó, teniendo ánimo para cambiar sus huaraches por las “botas amarillas del finadito Alberto Orozco” según le escuché narrarle a mi padre. Así se levantó y caminó todo el día hasta alcanzar las casas de su pueblo.
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aquíEnviado por Víctor Orozco.