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Estampas Cubanas

Autor: Víctor Orozco
Enviado por: Víctor Orozco
11 de abril de 2010

¡Viva la revolución…!

Estoy en la plaza de Jagüey Grande escuchando hablar a dos hombres en un idioma raro que no logro identificar cuando oigo una voz cercana: ¡Tovarich!. Al rato, platico con dos jubilados quienes me aclaran que los jóvenes son paquistaníes y estudian en un centro escolar de Cuba. Uno de ellos me dice: pues yo creía que usted era ruso, porque se parece mucho a un ingeniero soviético vecino mío de hace años. ¡Ah!, entonces fue usted quien me llamó tovarich. Los cubanos son joviales y comunicativos como nadie, hablan de sus familias, de su trabajo, del país, preguntan y cuentan. Estos jubilados, quienes tienen sus bicicletas a un lado de la banca del parque, parece que se la pasan discutiendo, porque uno, ingeniero de profesión sigue siendo comunista y el otro, ex profesor de español, lo acusa de creer en todo lo que diga Fidel, a quien se refiere haciendo un gesto representando la barba. Se lamenta con acritud de no poder visitar a su hija en Canadá. Algunas de sus palabras se me escapan, pues hablan y gesticulan a super velocidad, comiéndose letras. Tiene que aprender el cubano, me aconseja riendo el ingeniero. Si, pero esa es asignatura mayor y apenas voy en el veracruzano.


Déjeme le platico un buena anécdota me dice el profesor: en 1957 estábamos un grupo de muchachos en la calle y pasó un militar batistiano que tenía muy mala fama de matón y yo grité ¡Viva la revolución!. El militar detuvo el jeep y cuando vi que se iba a bajar, temblándome la voz, le aclaré: ¡Pero la mexicana!. Para mi suerte, se rió y se fue de nuevo.

¿Estado policiaco?

Es curioso: Cuba aparece en versiones difundidas en el extranjero como un Estado policíaco, pero Ramón Chavira y yo no vimos un solo soldado ni en las ciudades ni en las carreteras. En La Habana, de cuando en cuando encontramos a un par de policías que más parecen chavalos de la preparatoria uniformados, aburriéndose en alguna esquina. Salimos de un espléndido concierto ofrecido en la iglesia de San Felipe Neri por un tenor mexicano y una soprano cubana. Caminamos por la noche con las calles llenas de jóvenes de variados colores, que hablan todos juntos, como parvadas de pájaros. En las estrechas calles antiguas no es difícil perderse, pero cada vez que nos acercamos a un grupo, invariablemente abundan en explicaciones para salir. Acostumbrados al temor que inspira a los peatones la oscuridad en casi todas las ciudades, no dejan de asombrarnos la confianza y la tranquilidad que pronto nos ganan. Nos detenemos en cada callejuela cerrada por antiguos cañones clavados en el piso y miramos a los edificios centenarios descuidados y varios de ellos semiderruídos. Se nos antoja extraña la ausencia de borrachos o drogadictos entre tanta gente. Tampoco ni un pordiosero. Nadie que se muestre agresivo, nadie con actitud sospechosa.

Un estudiante de la Universidad nos había dado una explicación: aquí si alguien te arrebata la bolsa o la cámara, le dan diez años de cárcel. Pero no, no me convence, que sólo sea la disuasión represiva el origen de esta paz. Creo que es más bien el resultado de muchos años de educación y convencimiento contra el delito. Ello se refleja en la confianza con la que todo mundo pide aventones en la carretera: hemos subido a campesinos, técnicos, estudiantes, hombres y mujeres. A una de estas, quien habla hasta por los codos, le pregunto si ella y su compañera no tienen miedo de agresiones. En Cuba eso no sucede, me responde convencida, a nadie se le ocurriría hacer una cosa así. Somos pobres, pero tú puedes dejar este carro aquí y mañana lo encuentras intacto donde mismo.

Un pueblo de ilustrados

Nos paramos en un restaurante familiar, con un billar anexo, a la orilla del camino. Nos atienden dos mujeres de pelo medio rubio o medio café y piel aceitunada como tantas cubanas. Comienza la plática y hacemos la consabida pregunta: ¿Ustedes estudiaron algo?. Las dos son economistas. Un taxista resultó ingeniero y otro estuvo a punto de terminar leyes. Un jardinero, casado con una profesora, estaba estudiando computación. Una camarera, maestra de inglés, la guía del Capitolio, médica veterinaria. Laura, una bella mulata vendedora de pan, hizo una carrera comercial. Un miembro de una cooperativa de cultivadores de tabaco, que nos mostró muy orgulloso la plantación, (En Pinar del Río producimos los mejores puros de Cuba y los de Cuba son los mejores del mundo, nos dice pretencioso) es ingeniero especialista. Este orgullo se revela igual en un biólogo que por su explicación parece saberlo todo sobre los cocodrilos, en el criadero gigantesco ubicado en la ciénega de Zapata y fundado en marzo de 1959, como consecuencia de una iniciativa de Fidel Castro, quien visitó la depauperada región apenas tomado el poder.

Cuando subimos al auto de otro taxista, nos refiere que había cursado una licenciatura en lengua inglesa. Traía una gruesa biografía de Fulgencio Batista, a quien desde luego no admiraba. De inmediato dio color: estaba en contra del sistema socialista pero admitía la cultura y preparación de la mayoría de los cubanos, que podría, le argumentaba yo, poner muy rápidamente a esta sociedad por encima ya no de sus pares latinoamericanas sino de muchas de los países ricos. Probablemente me replicaba, pero, ya llevamos dos generaciones preparándonos y yo no veo para cuando vamos a aprovechar tanta educación: seguimos siendo pobres y no hay oportunidades para que tú te desarrolles. Colegí que entendía por desarrollarse el acumular dinero. Tipo informado e inteligente: lástima que el trayecto sea corto, finaliza, porque el tema es muy complejo.

¿Quiénes se irían?

¿Y qué pasaría si los cubanos tuviéramos prensa libre, acceso ilimitado a internet y pudiéramos viajar?, se preguntaba otro ingeniero dedicado al arrendamiento de carros. ¿Tú crees que nos iríamos?. No, se respondía. Yo, por ejemplo, no cambio a Cuba por nada. En ninguna parte tendría la seguridad social, la educación y la concordia que aquí gozamos. Saldríamos y te aseguro que el 90% se regresaría. Muchos conocidos míos lo han hecho. Y tener informaciones de todas y de primera mano, tampoco nos cambiaría. De todos modos, el gobierno se hace de la vista gorda cuando se instalan accesos clandestinos a la red en los edificios de apartamentos y así nos enteramos de las noticias, aunque con trabajos y limitaciones. O, tu has visto las filas que hay para entrar a los lugares de consulta a pesar de las cuotas carísimas - tres pesos convertibles por media hora de internet-. Yo creo que es inútil ese control, lo mismo que el de los viajes al extranjero. Quizá, pienso para mis adentros, cuando recuerdo la fuga masiva de cerebros mexicanos hacia Estados Unidos. Las dificultades para viajar enervan como ninguna otra cosa a los cubanos y se comprende porque: vivir en una isla relativamente pequeña produce a la larga una sensación de aprisionamiento.

Precios y salarios

Cerca de Cárdenas, -ciudad limpísima de unos cien mil habitantes, donde los taxis son coches de dos plazas, tirados por un caballo- nos detenemos a comprar pan. El estado, como le dice aquí todo mundo al gobierno, cobra a los turistas todas las cuotas que puede, pero no impide que éstos compren también a precios de los cubanos, si se salen de los circuitos diseñados para los visitantes. En La Habana, una larga y sabrosa pieza de “pan suave”, parecido a una baguette o a un virote como le llaman en el México central, pero un poco dulce, nos costó tres pesos cubanos, o sea, un peso sesenta centavos mexicanos. Así que cuando vimos el letrero de una panadería en un pueblo de la carretera, nos bajamos del auto. Había una fila de campesinos con sus bolsas y su libreta. Como siempre, varios se apresuraron a darnos santo y seña. Allí no podíamos comprar porque era una bodega donde se entregaba parte de la ración gratuita que ellos recibían, pero tres cuadras adelante, estaba la panadería.

Cuba tiene dos monedas: el CUC, que vale unos 14 pesos mexicanos y el peso, que vale veinticuatro veces menos. Una profesora de primaria me dijo que ella ganaba cuatrocientos pesos, otra de secundaria, estaba jubilada y la habían recontratado así que sumaba dos salarios, el jardinero de otra escuela trescientos, la guía de un museo 280, un dependiente en una pequeña tienda, 240. A los cooperativistas les pagaban 300 pesos durante seis meses y luego se los descontaban del precio total del tabaco que entregaban a la empresa estatal, un animador (showman) en el lujoso Varadero, ganaba 300 pesos, pero recibía mucho más en propinas. (“Así he juntado alguna plata, chico”). Son salarios muy bajos. Entonces ¿Dónde obtienen el complemento, para comprar ropa y el resto de los satisfactores?. Hay varias fuentes posibles: las remesas de divisas de sus parientes, la derrama de los turistas y alguna otra actividad extra.

El cuidado de la salud

En una casa pueblerina, una señora nos vende dos vasos con el típico café cubano, un par de tragos concentrados. Hospitalaria como todos, nos invita a sentarnos en su sala y platica contenta que su esposo –taxista particular autorizado por el gobierno- tiene un carro Oldmosvile del año cincuenta y dos. Espérense ya no tarda, para que vean que carro tan precioso, pintado de azul y remotorizado, funciona como relojito. Le pregunto: ¿Y si usted se enferma que hace?. Pues aquí tenemos un médico para cada ciento veinte familias. Hace poco tuve un problema serio, el doctor me mandó con un especialista a la clínica de Cárdenas donde me hicieron los estudios completos y me operaron porque no había otro remedio. Tres días después estaba de vuelta. Mi esposo es diabético y siempre se está chequeando. En la clínica le entregan sus medicinas. Pero ni usted ni su esposo trabajan con el gobierno. No, pero eso nadie te lo pregunta.

No hay obesos en las calles cubanas, -salvo algunos turistas- los niños y jóvenes en las escuelas tienen una apariencia saludable. Son indicadores de que su sistema de prevención y cuidado de la salud les funciona. Por estos días asistía a Cuba una delegación ucraniana para conmemorar el XX aniversario del programa cubano de asistencia a las víctimas del accidente nuclear ocurrido en Chernovil en 1986, enfermos de leucemia y de otros padecimientos similares. Escuché en la TV a una mujer conmovida agradecer a los médicos cubanos que han curado a más de veinte mil niños y siguen haciéndolo. Nadie más lo hizo en esta escala y con la eficacia de los isleños. Ni la Unión Soviética, ni Alemania Democrática, que en 1986 pertenecían al sistema socialista. Solo Cuba.

Religiones

Los cubanos nunca han sido demasiado religiosos. Con la revolución se hicieron menos, desde luego. Pero las iglesias están abiertas. En Cárdenas asistimos a un servicio de Semana Santa, con el templo lleno. No estaba el sacerdote, así que era una especie de preparación para la misa del día siguiente. Dos de los encargados de la iglesia conversaron amablemente con nosotros. Son desde luego muy críticos del gobierno: no haga que me vaya de la lengua, me dice uno, quien sin embargo reconoce que ha habido avances importantes. Diríase que es un anticomunista dubitativo. La feligresía, afirma, ha crecido con lentitud en los últimos años y el edificio que no podía usarse porque estaba en peligro de derrumbarse, fue reparado en su totalidad. Por su parte, dos guías negras en uno de los museos de La Habana, me comentaron que ellas profesaban un catolicismo africano, que era “diferente”, supongo que por el sincretismo con los cultos traídos de África.

Consignas revolucionarias

“Hasta aquí llegaron”, reza un gigantesco espectacular con las letras superpuestas a una fotografía de los invasores mercenarios capturados y ubicado a unos treinta kilómetros de Playa Girón. En bardas y más espectaculares, abundan las consignas revolucionarias: “Revolución es sentido del momento histórico. Revolución es modestia. Revolución es humanidad. Revolución es desinterés. Revolución es socialismo. Nuestras armas: la moral, la razón y las ideas. El partido garantiza la unidad de nuestro pueblo…” Es difícil medir el calado de estas divisas en la conciencia colectiva. Pero si nos atenemos al medio siglo que tiene la revolución cubana vivita y coleando, a pesar de todos los pesares, debe concluirse que la penetración es profunda. Es una necedad suponer que al sistema lo sostiene únicamente la fuerza. En todo caso, lo hacen las ideas de un profeta armado, para usar un concepto maquiaveliano.

A diferencia de otros regímenes similares, el cubano no hace uso del culto a la personalidad de sus dirigentes o de la ostentación de poder manifiesto en residencias o palacios majestuosos. La clase política previa era, en este sentido, mucho más aparatosa. El capitolio, sede del poder legislativo y construido a finales de los veintes, es tan fastuoso cómo el de cualquier capital europea. Cuesta trabajo imaginar la falta de correspondencia entre la minúscula sociedad de la época y los grandiosos y lujosos salones ocupados por los senadores y diputados, hoy convertidos en museo. Una profesora italiana resume la visión: la biblioteca es mayor que la célebre del Palacio Farnese en Roma. Y agrega un juicio sobre el régimen cubano: ésta es una dictadura, pero aquí hay un gobierno honesto… y dígamelo a mí que vengo de allí donde se ha elevado la corrupción a sistema jurídico.

Hace más de dos décadas visité la isla por primera vez. Hoy, espero regresar pronto a seguir la conversación con este pueblo fascinante y escribir nuevas estampas, título sugerido para el artículo por Laura, la joven quien nos habló sobre las diversiones de los de su generación.

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