Autor: Víctor Orozco
Enviado por: Víctor Orozco
30-oct-2011
A la memoria de mi amigo Humberto Estrada Benavides
Fallecido en Ciudad Cuauhtémoc, Chihuahua el pasado día 26 de octubre
De tanto en tanto las naciones se ven confrontadas con su propia realidad. La mirada en el espejo regresa a veces imágenes bastante desagradables y muchas otras terribles. Es entonces cuando se piensa: es tiempo de cambiar. Acaso México se encuentre en esta tesitura.
Hacia 1810, sucedió algo parecido y una buena cantidad de los que entonces vivían en el territorio de la Nueva España decidieron comenzar una lucha para cambiar. No tenían muy claros los objetivos, ni tampoco un programa acabado, pero sabían bien que los tiempos de la colonia, con sus opresiones y camisas de fuerza, deberían terminar, para abrir paso a la construcción de otra sociedad. A la postre y casi por necesidad, el movimiento iniciado en Dolores -igual que en todas las tierras de Iberoamérica- derivó hacia la independencia política y la formación de las nuevas patrias. Medio siglo más tarde, el espejo otra vez mostró una sociedad desgarrada, a merced del extranjero, a punto de sucumbir, con sus clases dirigentes decepcionadas que abandonaban el barco para buscar la salvación en Europa y con ello desertaban del esfuerzo histórico para la edificación de un Estado independiente. La generación de la reforma liberal, se aferró al proyecto salvando a la nación contra viento y marea. Para ello, hubo de ejecutar cambios profundos, entre ellos la disolución del ejército profesional y la expropiación del clero. Sólo así podía a su vez instaurar un estado político y el conjunto de las libertades públicas que a mediados del siglo XIX constituían la insignia de los movimientos avanzados en todo el mundo. Los de mayor lucidez cavaron más hondo y alzaron también reivindicaciones de igualdad social u otras emancipaciones tempranas como la liberación de la mujer.
Los comienzos del siglo XX mostraron a una nueva oligarquía satisfecha de sí misma, con un caudillo nominado universalmente como "Héroe de la Paz", entregada al disfrute de riquezas que fluían sin cesar de los socavones de las minas, de las gigantescas haciendas ganaderas, agrícolas, pulqueras o henequeneras, del comercio externo. Una buena cantidad de los dueños estaba compuesta por extranjeros, ingleses y holandeses en los campos petrolíferos -el nuevo oro negro- norteamericanos en los ferrocarriles y en las minas, franceses y españoles en el comercio. ¿Que podía ver cualquiera de estos boyantes empresarios y terratenientes cuando se paraban frente al espejo?. La imagen de una cúpula gorda y saciada dominado todo el escenario, en un mundo casi perfecto.
Quienes se asomaron por encima de los autocomplacientes, vieron otra cosa: una nación agraviada por los privilegios, la actuación de una justicia torcida y la cancelación de libertades políticas, llena de rencores sociales y harta de la dictadura. El caudillo frisaba ya los ochenta años y había perdido buena parte de los arrestos con los que se hizo del poder por la fuerza de las armas. El llamado de un joven rico, demócrata entusiasta, idealista que compartía visiones con los muertos, cundió primero entre los pacíficos que buscaban el cambio sin dañar el cuerpo social. Cuando falló la convocatoria a las urnas porque el régimen la ahogó con las persecuciones, unos pocos decidieron acudir al argumento de las armas. El régimen se desmoronó en unos cuantos meses, con el ejército federal casi intacto físicamente, pero desmoralizado e incapaz de controlar las insurrecciones que brotaron por todas partes a raíz de la caída de Ciudad Juárez en mayo de 1911.
Diez años después, con un millón de habitantes menos a consecuencia de los muertos en las guerras civiles que se desataron al derrumbe del viejo régimen o a los emigrados, México se vio otra vez en el espejo. Sí, había devastación por doquier, las actividades económicas estaban casi paralizadas y los que regresaban a sus campos no terminaban de acomodarse, con la vista en el surco, pero sin olvidar la carabina enterrada. La revolución había removido las capas sociales profundas y alterado la forma de pensar las cosas. Con penurias y todo, la nación comenzó a ponerse de pié, a volver los ojos sobre sí misma. Se abrieron escuelas y se organizaron bibliotecas ambulantes, se repartieron las tierras, se organizaron los sindicatos obreros, los artistas pintaron los muros de los edificios públicos con el pueblo como figura central, florecieron las vanguardias literarias y artísticas. Incontables extranjeros vinieron a observar y aprender de los cambios. La crisis económica de 1929 cimbró al país, pero no detuvo la marcha. En 1934 ésta se reanudó con mayor velocidad y la república pudo poner sus emblemas de respeto a la soberanía de los pueblos en las altas tribunas internacionales. Las campañas educativas desfanatizadoras, la expropiación del petróleo, la organización obrera, las entregas de tierras, la solidaridad con la república española, la política exterior antifascista, el asilo a los perseguidos políticos, concitaron la adhesión de las masas y dieron forma a un gobierno que tuvo el mayor apoyo social conocido hasta ahora. Sin embargo, no hubo unanimidad como puede suponerse. Los cambios generaron una corriente de oposición alimentada desde los púlpitos, de las oficinas de los bancos y los bufetes de sus abogados, de las empresas extranjeras, de las redes de organismos de diversa composición social e inspiración religiosa.
A pesar de esta disidencia, México contó por esas épocas con un proyecto nacional fincado en las capas más firmes de su suelo histórico. La igualdad, la justicia para los débiles, el reparto justo de la riqueza, la defensa de sus recursos naturales, la independencia, la educación popular, todas ellas constituían aspiraciones viejas y persistentes. Fueron los motores que impulsaron a cientos de miles embarcados en cambiar México, desde las escuelas rurales, las fábricas, los ejidos.
Al cabo de medio siglo, las fuerzas sociales promotoras de este programa o se agotaron o fueron traicionadas por sus direcciones enriquecidas, corrompidas y gradualmente orientadas hacia el campo contrario. Los finales del milenio trajeron consigo las elecciones competitivas, la ruptura del monopolio político ejercido por el partido oficial, pero no se asomó ningún nuevo proyecto de largo aliento para orientar el rumbo de la nave nacional. Las malas apuestas históricas se pagan: en el año 2000 se le pidieron peras al olmo, la mayoría pensó que terminaría la corrupción y se instauraría la democracia. Pero no, las disputas por los puestos públicos, la generación de políticos intercambiables, el lenguaje neutro o frívolo, dieron apenas para gobiernos anodinos e irresponsables.
¿Qué imagen nos regresa hoy el espejo?. La de una colectividad desgarrada por la violencia delictiva, polarizada e indignada con ella misma, hundida en la falta de trabajo y de oportunidades y quizá lo más grave: sin esperanza. Podríamos imaginarnos tal panorama en 1848-1855 con un gobierno desacreditado, juzgados como incapaces de auto dirigirnos y a merced de filibusteros. Tocamos fondo entonces y nos alzamos. Lo podemos hacer hoy: necesitamos un proyecto que aglutine, que comprometa. Debe ser tal que en él se reconozcan los intereses y aspiraciones de las mayorías hoy desencantadas.


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